Lloviznas, sirenas para una tarde en el gótico
Lloviznas, sirenas para una tarde en el gótico
Las bondades del clima mediterráneo, hagan un acto de fe: la última ola de frío fue eso, la última, llenarán la primavera barcelonesa de viandantes. Fin de semana, barrio gótico. Hay un heterogénea marea humana en torno a Zara, El Corte Inglés y demás monumentos históricos. La inercia de toda masa en movimiento marca su ritmo, pero escapar de ella no es imposible: sigue los cantos de sirena.
Se han quitado los mitones y han florecido en rincones, plazuelas, algún loco incluso creó isla en medio de la marabunta. Un acordeón tocado por unas curtidas manos, siguiente estación una banda de jazz rodeada de cintas (sólo cinco euros y el saxofonista te guiña el ojo), inevitable punki-flauta con perro apático y…una viola da gamba?
Este domingo ocioso la plaza de Sant Felip Neri ha sido tomada por tres jovencitos melenudos tocando Marin Marais. Aficionados programa en mano, curiosos, turistas frente a ellos juegan a las sillas (de madera, plegables, escasas) o permanecen en pie un tiempo variable mientras los niños corretean alrededor. Fringe es su nombre, y enriquece con jóvenes profesionales de la música antigua la banda sonora callejera con sonoridades que se han escapado de auditorios e iglesias, movidas quizá por lo mismo que hizo disidentes de la marea a los que enfrente escuchan. Hace más de una década que el Festival de Música Antigua salió a respirar calle en forma de doble oportunidad, a músicos sin consolidar a ser partícipes y a cualquier caminante a parar.
Más cerca en el imaginario popular del elitista mundillo de la música clásica, por tipo de repertorio de hecho lo es, lo cierto es que el espíritu del que está imbuido el movimiento de la interpretación histórica desde sus inicios permiten este tipo de iniciativas. Algo más difíciles de imaginar(cada vez menos) serían en festivales de la otra música, la seria. Sin butacas, con un silencio imposible por principio, un público itinerante (y fumador, y en pleno almuerzo según la hora…) nuestra idea de cómo escuchar música culta se tambalea en un sano ejercicio de reciclaje como oyentes.
Gratuito, para más INRI, porque en nuestra cultura mercantil calidad-precio se suponen directamente proporcionales, sumémosle la idea de que la Cultura es cara, debe serlo y otro pilar se viene abajo. Tonto el último para tomar unos asientos que no suponen jerarquía alguna y el gallinero no está poblado de estudiantes sino de los que llegaron tarde o continuarán su camino.
Esas normas con las que definimos qué, cómo, dónde u otro tipo de sugerencias de libre adhesión sobre etiqueta desaparecen en una cierta anarquía bajo control. Puedes llevar bermudas con flores o camiseta de tirantes o jugar al escondite (cuando algún mayor de doce años lo hace, no dejará de ser curioso en cualquier caso) pero si gritas agredes a los otros y boicoteas el acto. Existe pues una lógica que dicta el sentido común dentro de la que tienes una libertad mucho mayor.
La gran trasgresión es la de una ley no escrita: la de quién no puede escuchar. Las paredes imaginadas de este auditorio se amplían allá hasta donde llega la música y hay alguien que, parado, la escucha. De iniciativa semipública (o medio vacía, según se mire) creo recordar que es el Auditori, el Palau recibe subvenciones pero es el de La Música de algunos catalanes. Hay una frontera material (precio) y otra moral que no dejaría al vagabundo que desde el fondo descubre el clave encontrarse con Mischa Maisky. Tampoco se le ocurriría ir porque… bueno, hay razones obvias que algunos, él y todos sus compañeros conocen.
Otros cuya presencia sorprende es la de niños, niñas hasta lactantes. Si bien estéticamente la agresión no es tan dura, son los elementos más ruidosos con diferencia. Como vástagos de las clases con acceso a los auditorios, ellos sí pueden ir a algunos conciertos. Pero aquí no molestan.
Con la tarde, llovizna de abril y se acabó la música. En el extraño e inmenso auditorio de la calle la belcantista recoge su cassette (histórico al fin y al cabo), un cantautor hace caja y en la plaza las sillas (mojadas, libres) se empiezan a plegar. El público se dispersa, de nuevo viandante.
Ocho formaciones para llenar tres espacios del gótico el último fin de semana de abril, auditorios abiertos que sólo existen para el que escucha. No siempre llueve.
